REZAR POR MIGUEL ÁNGEL – Christian Gálvez

El nombre de Mikołaj Kopernik todavía revoloteaba en el aire. No era la primera vez que Innocenzo escuchaba hablar del modelo copernicano en los aposentos vaticanos. La posibilidad de que el lugar elegido por Dios para crear una raza a su imagen y semejanza no fuera el centro del universo no le hacía ninguna gracia. Ninguna.

—Copernico, como le llamaban aquí —explicó Vasari—, pasó siete años de su vida en tierras italianas. Dedicado a las matemáticas y a la astronomía, observó un eclipse de luna en la Ciudad Eterna en el año del jubileo de 1500. Fue su santidad Sisto V el que le hizo llamar para que se hiciera cargo de la reforma del calendario, algo que nunca llegó a fraguarse.

—Si no me equivoco, nuestro actual papa está de nuevo ocupado en este asunto.

—Eso dicen, aunque todavía tardará algún tiempo. Esperan noticias de Salamanca, en tierras españolas. Volviendo a Copernico, esa manía suya de mirar hacia arriba (y no hacia al suelo, como la mayoría de nosotros) le hizo estudiar otros tantos fenómenos astronómicos en los años 1511, 1522 y 1523 de Nuestro Señor. Aunque su círculo más cercano apunta a la influencia que sobre él ejerció la obra de Regiomontano en Roma. Su misión era fijar sus posiciones exactas en el cielo.

—¿No es Dios Todopoderoso quien fija las posiciones exactas en el cielo?

—Esa es la eterna batalla irracional entre ciencia y religión, padre. Copernico publicó de manera póstuma la obra científica Sobre las revoluciones de los orbes celestes, en un periodo bastante turbulento religiosamente hablando. La batalla reformista de Lutero y las sucesivas reuniones del Concilio de Trento restaron bastante importancia a la tesis de Copernico. Sin embargo, y lejos de las expectativas del científico, quien creía que sería abucheado, sus teorías fueron escuchadas por las altas esferas del catolicismo. Su interlocutor fue Johann Albrecht Widmanstetter, un notable hombre de letras que estuvo presente en la coronación del emperador Carlos V en Bolonia y que años después se convirtió en secretario personal de Clemente VII. Él mismo se encargó de comisionar la lectura de la teoría copernicana a toda la Iglesia en los jardines vaticanos.

—Sí, sabía algo de eso. La verdad es que una facción de nuestra Iglesia se mostró interesada en las ideas de ese científico.

—Si quiere que le cuente un rumor, al parecer fue Leonardo da Vinci el primero que sugirió esta teoría, estudiando la luz que llega del sol hasta nosotros y que, por algún fenómeno de la naturaleza, rebota hasta la luna.

—Sin duda se trata de una interesante propuesta, pero todos estos testimonios heréticos carecen de valor si no se pueden demostrar.

—Padre…, Dios no se puede demostrar. —Vasari esperó un comentario de Innocenzo que nunca llegó, de modo que siguió hablando—. La ciencia no carece de fe. Aún no. Se necesita un atisbo de esperanza para perseverar. Para encontrar la confirmación.

—Son conceptos totalmente diferentes, amigo Giorgio, ¡no seáis impertinente!

Giorgio estaba decidido, a pesar de su convicción cristiana, a entrar al juego.

—Hay gente que no cree en Nuestro Señor, padre. Hay gente que incluso no cree en ninguno.

—Solo son herejes que deberían morir quemados. ¿Creéis en Dios?

—Por encima de todas las cosas, padre.

—Y ese Michelangelo, ¿creía en Dios?

Giorgio Vasari tardó en masticar la respuesta. ¿Qué debía decir cuando ni siquiera él sabía de verdad la contestación?

—Creía en un Dios, padre. Pero también creía en la ciencia. Creía en un Todo superior y en armonía con la ciencia.

—¿Un hereje, pues?

—Depende del punto de vista, padre. Siempre depende de ello. Si no estuviéramos separados por este tablón de madera, podría dibujarle un número, un número seis. Yo siempre vería desde mi punto de vista un número seis, sin duda. Vos veríais siempre un número nueve. Siempre. Su punto de vista. Y en ese momento, padre, ambos tendríamos razón.

La breve explicación matemática cayó como una losa en la mente de Innocenzo. A pesar de ser un hombre sin formación matemática y de haber dedicado su vida al latín, al griego y a la religión, entendió aquella explicación perfectamente, solo se basaba en el sentido común. No podía, pues, oponer ningún argumento, y empezaba a sentir la urgencia de cambiar de tema y volver a Buonarroti. Copernico no suponía ya peligro alguno, y en aquel momento ningún científico seguía de una manera seria su trabajo. Solo un teólogo de nombre Giordano Bruno tenía ideas tan heréticas como Copernico, y ya estaba siendo investigado por sus teorías panteístas. Nada de qué preocuparse.

—Volviendo al joven escultor…

—Por supuesto que fue influenciado por Copernico, aunque muy sutilmente. Prueba de ello es su pintura en…

—No me importa lo más mínimo el científico y su paranoica concepción de la obra de Dios. ¿Es verdad que terminó el gigante en dieciocho semanas, tal y como afirma su otro biógrafo, Ascanio Condivi? —La pregunta cortó de manera tajante la dirección del discurso de Vasari.

El biógrafo tomó aire. La confesión estaba siendo más complicada de lo que había imaginado. Ascanio Condivi era un nombre que no le hacía demasiada gracia. Había demasiado conflicto entre ambas biografías de su amado Michelangelo. Bajó los hombros, hizo un ejercicio de memoria y continuó.

—En absoluto, padre, creo que eso es una exageración.

SINOPSIS

Arte, misterio y religión en el Renacimiento.

La segunda novela de Christian Gálvez te hará dudar.

Después de narrar la historia desconocida de Leonardo da Vinci, el retrato del hombre, Christian Gálvez presenta en su segunda novela un retrato tan singular como apasionante de otro de los genios más importantes del Renacimiento: Miguel Ángel Buonaroti.

Su vida, entre Florencia y Roma, lo acabó convirtiendo en uno de los artistas predilectos del Vaticano, hasta el punto de ser el artífice de uno de sus grandes tesoros: la Capilla Sixtina.

Un lugar sacro lleno de secretos.

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