DOÑA PERFECTA – Benito Pérez Galdós

Dejose caer en el sofá y se cubrió el rostro con las manos. Pepe, acercándose lentamente a ella, observó el angustioso sollozar de su tía y las lágrimas que abundantemente derramaba. A pesar de su convicción no pudo vencer el ligero enternecimiento que se apoderó de él, y sintiéndose cobarde, experimentó cierta pena por lo mucho y fuerte que había dicho.

-Querida tía -indicó poniéndole la mano en el hombro-. Si me contesta Vd. con lágrimas y suspiros, me conmoverá pero no me convencerá. Razones y no sentimientos me hacen falta. Hábleme Vd., dígame serenamente que me equivoco al pensar lo que pienso, pruébemelo después, y reconoceré mi error.

-Déjame. Tú no eres hijo de mi hermano. Si lo fueras no me insultarías como me has insultado. ¿Con que yo soy una intrigante, una comedianta, una harpía hipócrita, una diplomática de enredos caseros?…

Al decir esto, la señora había descubierto su rostro y contemplaba a su sobrino con expresión beatífica. Pepe estaba perplejo. Las lágrimas, así como la dulce voz de la hermana de su padre, no podían ser fenómenos insignificantes para el alma del matemático. Las palabras le retozaban en la boca para pedir perdón. Hombre de gran energía por lo común, cualquier accidente de sensibilidad, cualquier agente que obrase sobre su corazón, le trocaba de súbito en niño. Achaques de matemático. Dicen que Newton era también así.

-Yo quiero darte las razones que pides -dijo doña Perfecta, indicando al sobrino que se sentase junto a ella-. Yo quiero desagraviarte. Para que veas si soy buena, si soy indulgente, si soy humilde… ¿Crees que te contradiré, que negaré en absoluto los hechos de que me has acusado?… pues no, no los niego.

El ingeniero se quedó asombrado.

-No los niego -prosiguió la señora-. Lo que niego es la dañada intención que les atribuyes. ¿Con qué derecho te metes a juzgar lo que no conoces sino por indicios y conjeturas? ¿Tienes tú la suprema inteligencia que se necesita para juzgar de plano las acciones de los demás y dar sentencia sobre ellas? ¿Eres Dios para conocer las intenciones?

Pepe se asombró más.

-¿No es lícito emplear alguna vez en la vida medios indirectos para conseguir un fin bueno y honrado? ¿Con qué derecho juzgas acciones mías que no comprendes bien? Yo, querido sobrino, ostentando una sinceridad que tú no mereces, te confieso que sí, que efectivamente me he valido de subterfugios para conseguir un fin bueno, para conseguir lo que al mismo tiempo era beneficioso para ti y para mi hija… ¿No comprendes? Parece que estás lelo… ¡Ah! ¡Tu gran entendimiento de matemático y de filósofo alemán no es capaz de penetrar estas sutilezas de una madre prudente!

-Es que me asombro más y más cada vez -dijo el ingeniero.

-Asómbrate todo lo que quieras; pero confiesa tu barbaridad -manifestó la dama, aumentando en bríos-, reconoce tu ligereza y brutal comportamiento conmigo, al acusarme como lo has hecho. Eres un mozalbete sin experiencia ni otro saber que el de los libros, que nada enseñan del mundo ni del corazón. Tú de nada entiendes, más que de hacer caminos y muelles. ¡Ay!, señorito mío. En el corazón humano no se entra por los túneles de los ferro-carriles, ni se baja a sus hondos abismos por los pozos de las minas. No se lee en la conciencia ajena con los microscopios de los naturalistas, ni se decide la culpabilidad del prójimo, nivelando las ideas con teodolito.

-¡Por Dios querida tía!…

-¿Para qué nombras a Dios sino crees en él? -dijo doña Perfecta, con solemne acento-. Si creyeras en él, si fueras buen cristiano, no aventurarías pérfidos juicios sobre mi conducta. Yo soy una mujer piadosa, ¿entiendes? Yo tengo mi conciencia tranquila, ¿entiendes? Yo sé lo que hago y por qué lo hago, ¿entiendes?

-Entiendo, entiendo, entiendo.

-Dios, en quien tú no crees, ve lo que tú no ves ni puedes ver, las intenciones. Y no te digo más; no quiero entrar en explicaciones largas porque no lo necesito. Tampoco me entenderías si te dijera que deseaba alcanzar mi objeto sin escándalo, sin ofender a tu padre, sin ofenderte a ti, sin dar que hablar a las gentes con una negativa explícita… Nada de esto te diré, porque tampoco lo entenderás, Pepe. Eres matemático. Ves lo que tienes delante y nada más; la naturaleza brutal y nada más; rayas, ángulos, pesos y nada más. Ves el efecto y no la causa. El que no cree en Dios no ve causas. Dios es la suprema intención del mundo. El que le desconoce, necesariamente ha de juzgar de todo como juzgas tú, a lo tonto. Por ejemplo, en la tempestad no ve más que destrucción; en el incendio estragos, en la sequía miseria, en los terremotos desolación, y sin embargo, orgulloso señorito, en todas esas aparentes calamidades, hay que buscar la bondad de la intención… sí señor, la intención siempre buena de quien no puede hacer nada malo.

SINOPSIS

Publicada en 1876, DOÑA PERFECTA no es sólo la novela de Benito Pérez Galdós (1843-1920) que suscitó más encendidas polémicas, sino también una obra sumamente representativa de su primera etapa creadora. El conflicto entre la posición progresista y europeizante de Pepe Rey -joven ingeniero que llega a la ciudad episcopal de Orbajosa con la intención de casarse con Rosarito, prima suya e hija de doña Perfecta, puntal de la sociedad orbajonense- y la actitud inmovilista de una sociedad apegada a creencias y formas de existencia tradicionales constituye el núcleo en torno al cual se articula

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